¿No sientes la belleza de la destrucción de las palabras? (I) 5

-Es que verás, tengo la sensación de que esto no va a llevar a nada más allá de los polvos que echamos. No creo que esto vaya a funcionar. Lo único que creo es que no vamos a sacar nada positivo de esto.

Esa, esa era la frase. Nada más pronunciarla vió cómo cambiaba la cara de Pilar: mirada ausente, desviada hacia el lado izquierdo, el de recordar. No era la primera vez que escuchaba esas mismas palabras, la primera fue aquel chico que con 18 añitos recién cumplidos le prometió el oro y el moro, todo con la excusa de bajarle las bragas. Pero claro, si oyes dos veces la misma frase de distintas personas, empiezas a pensar que el problema lo tienes tú.

-Ya, ya entiendo lo que quieres decir…bueno si quieres volver a…

-No lo dudes, te llamaré, cuando sea el momento.

Se levantó, dejo el dinero de la cuenta en el platillo, un beso en la mejilla y se fué por donde había venido. Que fácil era su vida pudiendo leer el guión de otras. Te ahorrabas tantos momentos embarazosos e innecesarios con los que adquirir la experiencia necesaria para la vida…¿No sientes la belleza de la destrucción de las palabras? Para Adrián, la famosa frase de la novela 1984 tenía otro significado. No era la destrucción de las propias palabras lo que admiraba, sino el poder de destrucción que tenían estas utilizadas adecuadamente. Cada persona tenía su código de desarme, las palabras exactas con las que sacar a la luz todos sus minitraumas e inseguridades. Y esto era sumamente fácil de hacer cuando tenías todo el pasado y los recuerdos de la persona al alcance de tu mano, literalmente.

Con los chicos era tremendamente fácil, con las mujeres tenía que encontrar una excusa más elaborada con la que cogerle las manos pero la experiencia, esa que generalmente Adrián no necesitaba, le daba cada vez mejores armas.Siempre que le estrechaba la mano a alguien, el suave contacto de la palma de su mano con el de otra persona, venían a su mente todos y cada uno de los recuerdos del otro, su pasado desde su nacimiento hasta aquel apretón de manos. Su vida entera, a la que podía acceder y contemplar como si fueran sus propios recuerdos, con la misma claridad con la que existen en nosotros mismos, sin las distorsiones ni modificaciones que sufren cuando convertimos esos recuerdos en palabras, escritas o habladas.

Adrián jamás olvidará la primera vez que contempló su asombrosa “habilidad”. Fue con 8 años, cuando la profesora le acompaño a lavarse los dedos que se había manchado de tinta de bolígrafo. Mientras la señorita Amparo le frotaba las manos, Adrián le preguntó por qué le llamaban “La repu” cuando tenía su edad. La seño se puso tremendamente agresiva y preguntó insistentemnte dónde había oído aquello. En tu cabeza le contestó Adrián, con toda la sinceridad con la que puede responder un niño. Cuando acabó en el despacho del director, en presencia de su madre, fue cuando se dió cuenta del poder que tenía en sus manos y lo destructivo y útil que podía llegar a ser.

Lo paradójico del asunto es que Adrián conocía miles de pasados menos el suyo. Su vida empieza siete años después de su nacimiento, con Pedro y Diana, los que le acogieron tras la muerte de sus padres biológicos en un accidente de tráfico. No recuerda absolutamente nada de ellos: sus caras, su olor, su tono de voz, nada. Pedro y Diana le acogieron por su incapacidad para procrear, el esperma de Pedro no era adecuado, básicamente porque no tenía, le extirparon los huevos cuando sufrió un cáncer de testículo con tan solo 27 años. Adrián sabía perfectamente que esas inyecciones de testosterona no eran insulina para la diabetes, como le decía Pedro, pero no quería humillar al hombre que le había querido como su verdadero hijo desde el primer día. Además era muy divertido oir a su pseudopadre decir expresiones cómo “me descojono” o “¿a que no tienes huevos?”.

Acabada la faena de desarmar a Pilar, Adrián tomó el tranvía hacia la Facultad de medicina, donde estaba matriculado desde hacía 4 años. En cuanto se enteró de que existía la especialidad de Psiquiatría supo que esa era su profesión ideal: tener a su alcance cientos de vidas en las que escarbar desde su consulta, traumas arraigados en el pasado fáciles de encontrar y teóricamente fáciles de resolver, tras un par de consulas de relleno con las que amortizar a los clientes. Aunque lo que más le atraía de aquello era poder darle una utilidad a su habilidad y devolverle algo a la sociedad que tanto había quitado, o tomado prestado como prefería decir él.

Mientras tomaba asiento y desenredaba los auriculares del Ipod, Adrián hizo el clásico repaso al vagón. Estaban todos los habituales: el frikazo de veintilargos años de la gameboy, la abuela del pañuelo en la cabeza y el carrito de la compra hasta los topes de trastos (¿síndrome de Diógenes?), los típicos compañeros de facultad que ves por los pasillos con su grupo de amigos, y ella. Desde hace un par de días coincidían siempre, no importaba la hora allí estaba, sentada en los útlimos asientos preferiblemente pegada a la ventana. Con los cascos ya puestos, se abstrajo en la música y en los rasgos de la chica.

Melena rubia sobrepasando por poco los hombros, ojos verdosos, tez blanca… Adrián nunca había entendido esa obsesión por tener la piel morena. Hay personas a las que les sienta mejor estar pálidos, y ella era un perfecto ejemplo. No llamaba mucho la atención por su forma de vestir ni tampoco por sus no-curvas no-despampanantes, pero desprendía una seguridad en si misma cada vez que cruzaban sus miradas que pocas veces había visto y eso le gustaba. Adrían pensaba que sería una de las tantas mujeres guapas con las que se cruza uno al ir en transporte público, pero ya que estaba teniendo la suerte de coincidir con ella durante un par de días, no iba a desaprovechar la oportunida de decirle algo. A ver con que excusa le doy la mano, pensó.

Llegaron a la parada de enlace, en la que se baja casi todo el mundo. La perdió de vista entre el tumulto que salía pero en cuanto se dispersó un poco la gente la vió, y lo más impresionante, estaba en el andén mirando justo hacia él. Esperándole, con expresión tensa, impaciente por decirle algo. Eso sí que no se lo esperaba. Se acercó:

-¿Adrián? ¿Eres Adrián Verino Montero?

-El mismo.

-Andrea. De momento es todo lo que necesitas saber. Encantada.

Andrea le tendió la mano. Increíble, en bandeja se lo habían puesto. Adrián se la estrechó con confianza, pero pronto la confianza se volvió frustración. Miro sus manos apretándose. Miro a Andrea. Nada. No veía nada, ningún recuerdo ajeno le llegaba, era la primera vez que le fallaba su “habilidad”.

-¿No has visto nada? le preguntó Andrea.

Adrían no creía lo que estaba oyendo. No podía estar refiríendose a eso.

-¿Cómo has dicho?

-¿No has podido leerme? ¿No te ha llegado ningún recuerdo mío?

————————————————————————————————————————————————————————

Como siempre, las explicaciones al final, es lo que se llama “crear expectativas”. Algunos os habréis preguntado “¿pero que cojones es esto?”. Pues bien, se trata de una de mis obsesiones desde que abrí este blog y que parece que por fin empieza a salir: escribir un relato corto. Recuerdo que cuando era más pequeño me inventaba historias y cuentos casi sin proponérmelo, pero no se qué paso después de miles de partidas a la 64, cientos de libros de ciencia ficción leídos y millones de pa…de páginas web visitadas, mi Musa me abandonó.

La idea me salió hace semanas de la Orwelliana frase del título ( gracias desde el más allá, tito George, por seguir inspirando a la gente. Esta es la clase de libros que deberían obligar a leer en el colegio, no las putas mierdas de “Maria Eugenia se va al pueblo de su puta madre” o “Diario de un adolescente pajillero como el que me está leyendo ahora mismo“) pero no ha sido hasta ahora que se me ha ocurrido una forma de empezar la historia. Tengo unas ligeras ideas con las que continuarla, y una o ninguna con la que terminarla, asi que ni yo se cuando acabaré la historia, y sobre todo con que frecuencia subiré las continuaciones. Pueden pasar días, semanas o meses (espero que no llegue a los años). Entre parte y parte de la historia subiré otras entradas más alitadepollenses. A ver como acaba todo esto. Espero que os guste.

Facebooktwittergoogle_plus

5 thoughts on “¿No sientes la belleza de la destrucción de las palabras? (I)

  1. Reply DePayns Nov 10,2010 11:56

    Yo ya me he enganchado 🙂

  2. Reply vale Nov 12,2010 14:57

    buenísima!

  3. Reply Evarista Nov 22,2010 20:52

    Me ha encantado lo de diario de un adolescente pajillero como el que me está leyendo ahora mismo, jajaja, toda la razón, con la de libros interesantes que hay por el mundo…
    A ver como sigue la historia

  4. Reply Jaume Nov 26,2010 13:54

    “Maria Eugenia se va al pueblo de su puta madre” jajajajajajajaja!! yo tambien la sufri, era “El largo verano de Eugenia Mestre” ni mas ni menos!!

    grande la historia men! voy a leer la otra!

Leave a Reply