¿No sientes la belleza de la destrucción de las palabras? (II) 3

-Es buena señal que no te haya llegado nada. Se supone que entre nosotros no podemos leernos.

-¿¿Tu también?? ¿Puedes ver los recuerdos de los demás?

-Chsss no levantes la voz. Ven, vamos hacia allí.

Andrea le llevó hasta un muro de un solar abandonado, más alejado del andén y de la gente.

-¡Pensaba…pensaba que era el único que podía hacer esto! Jamás esperaba encontrar a un igual ¿Desde cuando tienes esta habilidad?

-Desde los 10 años que yo recuerde, creo que a esa edad me di cuenta de lo que tenía entre manos. Pero espera, luego te responderé a todas esas preguntas, ahora tienes que escuchar atentamente todo lo que voy a decirte ¿ Has hablado con un señor trajeado, cerca del metro ochenta, pelo castaño…? En mi caso se presentó como Aarón Ibarra, pero seguramente usó otro nombre contigo ¿Te dijo que quería ofrecerte un trabajo porque “pensamos que eres el candidato ideal que estamos buscando”?

-Pues…no, no recuerdo nada ni nadie parecido.

-Bufff, gracias a Dios, hemos llegado a tiempo.-Había estado conteniendo el aliento mientras esperaba la respuesta de Adrián.-Pues bien, tarde o temprano vendrá este señor que te he dicho a hablar contigo. Te pedirá que le acompañes a un sitio, irás con él. No te hará nada malo, no se arriesgará a perderte tan pronto. Tienes que ir y contarnos qué es lo que te ha dicho, todo lo que hayas visto. Y por supuesto no le hables de mí.

-Espera espera, ¿por qué hablas en plural? ¿Quién más hay detrás de todo esto?

-Las respuestas luego, cuanto menos sepas ahora será mejor para todos. Toma esta tiza roja. En cuanto hayas hablado con él y vuelto de donde sea que te haya llevado, dibujarás un círculo dentro de un cuadrado en este mismo muro.- La chica tenía apoyada la mano izquierda en la pared de la que hablaba-A partir de ahí, nosotros nos pondremos en contacto contigo.

-¿ No puedes darme un teléfono o una dirección?

-Si claro, ¿no se te ocurre algo más fácil de rastrear o espiar? ¿quieres tambien una fotocopia de mi D.N.I?. Recuerda, haz lo que te diga y luego nos informas. Suerte. Ten cuidado ¡y no les hables de mí ni de este encuentro!

Se fue calle arriba dando largas zancadas. Adrián aún estaba en shock ¿de verdad no era el único capaz de leer las vidas ajenas? ¿habían más cómo él? ¿ no podían leer su pasado entre ellos?. Todas las preguntas que nunca pensó que se plantearía le vinieron de golpe. Había gente por ahí fuera con respuestas para él.

Adrían volvió a coger el tranvía dirección a su casa. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para acudir a clase como si fuera un dia cualquiera. Odiaba no haber podido leer a Andrea. Si era verdad lo que decía, dependía muchísimo de ella y no sabía absolutamente nada que pudiera hacerle confiar totalmente, ni siquiera sabía si era cierto que compartían ese poder. Había leído tantas vidas, había visto secretos tan oscuros y horribles de gente que parecía normal que nunca, nunca se fiaba de nadie.

Lola, una chica anterior a Pilar que le duró más tiempo, le juró que en aquel viaje a Cracovia en el que visitó a su amiga de Erasmus “no había hecho nada con nadie”. Esa noche posterior al viaje, cuando volvían a casa cogidos de la mano después de cenar vió a Lola tirándose al compañero de piso de su amiga Erasmus, y dos días después en ese mismo viaje, chupándosela a un alemán en una fiesta universitaria, entre unos contenedores.

O Joan, uno de sus mejores amigos de la facultad, quedaron para tomarse unas cervezas y contarse el verano que habían pasado. Joan le contó con detalle todos los viajes, las salidas nocturnas y la poca faena que había tenido como socorrista de la Cruz Roja. En un choque de manos pudo ver en imágenes todo aquello que le había contado, incluida la noche en la que se encontró tirada en la playa a una chica de 15 años inconsciente al borde del coma etílico. Se la llevó a la caseta de primeros auxilios, la penetró y llamó a la ambulancia mientras la vestía de nuevo.

Todos los adultos que conocía escondían algo. Sabía que era quizás la única persona en el mundo (ahora sabía que era una de varias) que tenía la capacidad de conocer a la gente tal y como era. Le asombraba la cantidad de secretos que la gente se guardaba para sí misma. Cosas vergonzosas que hacen en la intimidad, sucesos demasiado hirientes para contar, delitos…él sabía de lo que era capaz alguien cuando tenía la certeza de que su secreto se lo llevaría a la tumba sin que nadie más lo supiera. Le repugnaba ver la cantidad de gente que se salía con la suya habiendo cometido daños terribles. Y él no iba a ser menos. Alguna vez le había revelado a alguien su más íntimo secreto, ese que sólo él o ella creía conocer, sólo para ver que pasaba, como quien tira una piedra para ver el efecto del impacto. No tenían ni idea de cómo Adrián se había podido enterar, pero se desmoronaban delante de él al oir sus secretos inconfesables en boca de otros. La persona más engreída del mundo se convertía ante él en un niñato sollozante, temeroso, inseguro…Era la única forma que conocía Adrián de hacer justicia, ya que por muy grave que fuera el delito cometido en el recuerdo leído, no podía presentarlo a la policía como prueba sin acabar en un manicomio.

Antes de llegar a su piso se paró en el segundo a hacerle una visita al casero, Onofre. Llamó al timbre y el odioso perro se puso a ladrar como un loco. Oyó como se acercaba Carmen, la esposa del casero, a abrir la puerta mientras mandaba callar a Pichu. Hasta el nombre le daba agonía.

-¡Hola Adrián, cielo, que alegría verte! Ibamos a merendar ahora, ¿quieres unas magdalenas que ha hecho mi amiga Nieves?

-Hola Doña Carmen, no se moleste gracias, solo quería hablar un momento con su marido.

Carmen trataba a Adrián como a un nieto, pensaba que era realmente huérfano a pesar de que le había dicho de mil formas posibles que tuvo padres adoptivos desde bien pequeño. Eso no parecía bastarle a Doña Carmen, que cuando podía le invitaba a comer y le cebaba hasta que le dolía la tripa. Se fue hacia el comedor arrastrando sus pantuflas con el perrete enano detrás, gritándole a Onofre que saliera al rellano. En unos segundos apareció, escondiéndose tras la puerta, asomando sólo la cara y la mano derecha.

Onofre sentía auténtico pavor delante de aquel chico. Cuando Adrían y él sellaron el trato del alquiler con un apretón de manos, Adrián pudo ver de entre sus recuerdos una de las dos ocasiones en las que ahorcó en una encina a los galgos que se le estaban haciendo mayores, los que utilizaba en las batidas de caza de su coto en el campo. Tenía más miedo de que se enterase su mujer que la poli. Desde que le amenazó con dar el chivatazo, Adrián pagaba 20 euros de alquiler al mes. Pudo decidir no pagar nada, pero le daba demasiada lástima.

-Ah..Hola Adrián, ¿en…en que puedo ayudarte?

-Buenas Onofre ¿sabe usted si ha venido alguien a visitarme últimamente mientras no estaba en casa?

-No…no que yo recuerde…

-¿Está seguro? Piénselo bien…

-¡No, se lo juro, no he visto a nadie en su puerta nunca, ni preguntando por usted, se lo juro por mis hijos!

Tuvo que contenerse la risa, disfrutaba acojonando a su casero. Ahora le trataba de usted.

-Bueno…pues quiero que esté atento, puede que próximamente venga alguien preguntando por mí, y me gustaria saber quien es y cuando viene ¿podría avisarme si ve algo?

-Sisisisi no se preocupe, le llamaré al telefono móvil en cuanto sepa algo.

-Bien, gracias Onofre, hasta pronto

-Adiós, adiós.

Ya hacía 4 días de aquel encuentro “casual” con Andrea. Ahora recorría el tranvía desde el primer vagón hasta el último por si la veía, pero nada. El hombre de traje que le había prometido tampoco había aparecido durante todos esos días. Quizás su parte en esta historia había llegado a su fin. O quizás Andrea era una simple subordinada del señor del traje.  O simplemente estaban planeando deshacerse de él. No podía dejar de darle vueltas a la idea de que habían otras personas compartiendo su habilidad, y además saber que le estaban buscando le inquietaba aún más.

Después de una semana sin noticias, ni de una parte ni de la otra, Adrián empezó a buscar otras cosas con las que ocupar su mente. Debía dejar de esperar con tanta ansia algo que no sabía cuando llegaría, cuando dejas de buscar algo es cuando lo encuentras, se decía. Esa misma mañana se propuso madrugar para hacer una visita a un par de profesores de la facultad. Con la excusa de repasar algunas dudas, hablaría con ellos en su despacho y, en el momento de despedirse con un cordial apretón de manos, sólo tendría que “recordar” el momento en el que el profesor estaba escribiendo las preguntas del próximo exámen. Ya le había funcionado otras veces.

Se estaba poniendo la chaqueta, con la mochila ya en una mano cuando llamaron al timbre. No podía ser otro que él, abrió la puerta con decisión. Aquel hombre correspondía a la ambigua descripción que le habia dado Andrea: traje azul oscuro, medianamente alto, pelo castaño, treinta y tantos casi cuarenta, aspecto atlético…

-Buenos días ¿Adrián Verino, verdad?

-Si…

-Aarón Ibarra, un placer

Por segunda vez en su vida, tampoco esta vez pudo ver el pasado de su interlocutor cuando se dieron la mano. Eso podía significar que, como le dijo Andrea, aquel hombre también podía leer recuerdos. Su mano tenía un tacto extraño, como si se hubiera untado las manos con harina, un tacto rugoso y polvoriento, aunque no se veían restos de alguna crema o algo parecido.

-Verás Adrián, me gustaría hablarte de un proyecto científico en el que creemos que podrías aportar muchas cosas y del que por supuesto obtendrás beneficios. ¿Te importa si te robo unos minutos para explicártelo más a fondo?

Más o menos como le advirtió Andrea. Mientras le decía esto, Aarón le dió una tarjeta de identificación: Instituto biotecnológico Semmelweiss, nivel de seguridad C, holograma reglamentario, datos personales…había visto muchas tarjetas así durante sus prácticas. Nada parecía indicar que fuera una falsificación. Y nada perdería por acompañarle. De hecho sería peor no hacerlo.

-Suena bien, justo ahora iba a salir a hacer unos recados, pero tengo tiempo para escucharte.

Adrián salió de casa, no sin antes coger las llaves que siempre dejaba en el bol de la entrada. Las llaves y la tiza roja.

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Esta segunda parte ha sido bastante más fácil, tenía la primera mitad ya escrita, pero como me iba a quedar demasiado larga la primera parte del relato, dejé una parte para la segunda entrega. Además corté en el momento preciso para dejar un “cliffhanger” (traducido un poco a la española, “colgado de un precipicio”), es decir, algo con lo que dejaros enganchados e intrigados para la próxima entrega. ¿Os acordáis de esa serie que te hacía estar pensando en el próximo capítulo en cuanto acababas de ver el anterior? Así es, Perdidos dejaba siempre un cliffhanger al final de sus capítulos. En eso eran unos putos expertos.

La tercera parte si que me va a costar más. Aún no tengo ni puta idea de los diálogos de la reunión entre Adrián y Aarón Ibarra. Así que os pido paciencia, aunque la verdad es que estoy bastante centrado en el relato y en cuanto dejo de hacer cosas no paran de venirme a la cabeza ideas con las que continuar. Parece que el primer paso era el más difícil.

Otra cosa, las líneas de diálogos me salen juntas, que es como pretendo que salgan, en el tablón de escritura del WordPress, pero en cuanto publico la entrada aparecen separadas. Espero que no os moleste mucho, a mi personalmente me jode que salgan así, pero si a vosotros no os molesta, pues me alegro. En cualquier caso, cómo dijo El querido líder…

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3 thoughts on “¿No sientes la belleza de la destrucción de las palabras? (II)

  1. Reply Marta Nov 22,2010 15:50

    A mi no me molesta “cliffhangers”

  2. Reply Cristóbal Nov 26,2010 8:54

    Hola!!

    Me ha encantado el relato, sinceramente, lástima no sea una novela, me la leería enterita, me recuerda un poco a la serie Heroes o a la película Jump, pero de todos modos engancha.

    Enhorabuena, tienes mano para escribir. 😀

  3. Reply Jaume Nov 26,2010 14:14

    esto parece jugoso pero sabroso…

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