Toulouse: primera derrota
Entre muchas de las cosas que se me advirtió que pasarían durante mi año Erasmus, ya hay otra más que tachar de la lista: ponerme enfermo. Aunque parezca mentira, el año Erasmus es el sustituto natural de la antigua y archifamosa “mili”. Somete el cuerpo, la mente y el hígado a un esfuerzo y presión que muchos de nosotros nunca antes habíamos conocido.
Salir durante 3 o 4 noches seguidas hasta mínimo las 5 de la mañana con tempeaturas bajo cero debilita hasta la defensa de la selección italiana de futból ganando 1-0 en el minuto 92 la final del Mundial. Y cuando digo “debilitar las defensas” no me refiero a ese estúpido anuncio de Actimel en el que sale un intestino delgado con boquetes en su pared por los que pueden acceder las bacterias al torrente sanguíneo, provocando una septicemia generalizada y fulminante ( es decir, según ese anuncio, si no tomas Actimel MORIRÁS). Simplemente el cuerpo dice basta, sin razón ni causa aparente, como cuando te peta el coche por llevarlo a 5.000 revoluciones durante un buen tramo.
