Madrid, 24 de abril de 1621.
En la abarrotada taberna Ballesteros de la calle Mayor, nuestros protagonistas comparten mesa, hogaza de pan y vino: El Capitán Diego Almatriste, curtido en cien batallas, acompañado de su apadrinado, Iñigo Balaboa y el cascarrabias político y escritor Don Francisco de Quepedo, viejo amigo del capitán.
Encontrábanse aguardando la pitanza pedida al mesero: Un cochinillo para compartir entre los adultos y una pierna de cordero para el jóven Iñigo. Bien valía el esfuerzo de 4 monedas de vellón por regalar una buena comida al muchacho el día de su cumpleaños. Llegó la mujer del tabernero dejándo los manjares sobre la mesa, despertando las envidias de los vecinos comensales, que aunque miraban aquellos platos con gula, jamás se atreverían a intentar alcanzar las sobras siquiera, no al menos con un veterano de los tercios de Flandes alli sentado.
De repente, Don Francisco se puso de pie, dando un largo trago a su copa de vino antes de cerrar los ojos en gesto de concentración. Algunos comensales próximos a aquella mesa se volvieron expectantes hacia Don Francisco, famoso por su ingenio poético.
-Mi señor, parece que Don Francisco va a atreverse con unos versos.-dijo Iñigo, que blandía ansioso los rudimentarios cubiertos con los que pensaba devorar tan deliciosa comida.
Diego levantó ligeramente la vista. Efectivamente, su amigo Paco (sólo él y otros pocos íntimos le llamaban así) había adoptado su clásica postura de dirigirse al público, ya sea para contar el último chiste que había escuchado de sus amigos marinos mercantes de Cádiz o, en el mejor de los casos, una de sus geniales y satíricas improvisaciones:
Muchas son vuestras formas
asi como vuestros sabores
desde los acidos grasos
hasta los triacilgliceroles
Sosas y esmirriosas verduras
anhelan en vano vuestra frescura
ácido oléico en el más tedioso hervido
aparca ingratas texturas en el olvido
Acechan en las yemas en un sinvivir
trescientos miligramos de colesterol
pobres mortales, no podemos resitir
el sucar nuestro pan en vuestro interior
Churros y buñuelos empapados en aceite
silencioso testigo de su grasa subyacente
el chorreoso papel que los envuelve
cuando éste se vuelve transparente
Tu amigo y vecino el pescado
sin lugar a dudas no tan graso
dejarlo sin su salsa marinera
¡sería fatal, un error craso!
Cochinillo, sobrasada y embutidos
de entre ellos el jabugo
vuestro hijo mejor avenido
Y en los niños, los helados
los hermanos más aclamados
¿Vuestro precio? El sobrepeso
¿Vuestro castigo? Nuestra hipertensión
Pero vuestro mejor recuerdo
hacer de cada bocado, el mejor
Don Francisco volió a tomar asiento entre los aplausos y vitores de los allí presentes. Almatriste no pudo ocultar una sonrisa torcida mientras despedazaba el cochinillo -«Paco, Paco, Paco que mi Paco. Genio y figura»-pensó para sus adentros
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Cualquier parecido de los personajes literarios arriba descritos con algunos personajes de cierta saga literaria de un exitoso escritor de Cartagena son pura, purísima, absoluta casualidad.
La poesía ( que no es ninguna obra de Quevedo, dudo que en aquella época supieran de la existencia del colesterol o los helados) viene a expresar mis sentimientos acerca de la operación bikini que algunos de mis compañeros de facultad están intentando hacer, ante la inminente llegada del viaje de fin de curso a la Riviera Maya.
O dicho de otra forma ¡su puta madre va a ponerse a régimen!

tú, que no engordas ni comiendo mcdonalds un mes!
He de decir que me he reído mucho, muchísimo, con esa entrada. Yo no se la puedo dedicar a ningún afortunado riverista mayense, pero sí me recuerda a ciertos profesores de Nutrición y Bromatología, así como la proximidad de los exámenes….